Hay épocas del año, que pueden durar días, semanas o meses incluso, en las que la acción chico-chica se detiene, se evaporiza, se desvanece entre conversaciones de trabajo, reuniones con amigos y visitas excesivas al facebook a chequear si hay algo nuevo, porque nada pasa por tu puerta hace un buen rato.
En esos días me gusta autocompadecerme con comidas que no debería comer (rollos de canela o sánguches de lomo saltado) y canciones de blues que siempre tratan sobre estar blue, triste, condenado a una existencia patética y miserable.
Las pocas opciones que hay han tomado dos rumbos: el de ignorarte o el de olvidarse de ti. No sé que es mejor, que se tomen el trabajo de ignorarte quizá es símbolo de que al menos existes; pero olvidarse de ti, simplemente es signo que realmente no calaste para nada en nadie y que pronto vas a ser un recuerdo vago, una imagen borrosa o simplemente nada. Y cuando los saludes en la calle, no se acordarán de tu nombre, ni de dónde te conocieron.
Todo esto podría soportarlo, sino fuese por tres hechos concretos que enmarcaron mi semana y me terminaron bajando las pilas hasta -100.
El primero fue el viernes pasado, cuando Bea hizo una estupidez. No sé que carajos le pasa últimamente que anda rarísima conmigo. Primero pensé que había sido culpa de su amigo idiota, que por alguna razón había creído que algo podía pasar entre él y yo y al parecer la estuvo jodiendo pidiéndole mi número y que me pasara la voz para salir. Pero la cuadré, le pregunté si eso le molestaba y que yo no tenía intención de nada con su amigo. Me rió y me dijo que no le molestaba y que él era buena gente. No sé exactamente que prentendía con eso, pero lo dejé ir. Luego de un rato, como estábamos en una reunió con varios amigos, insistió en seguir ignorándome, se volteó completamente dándome la espalda y fue tanto que me paré y me fui. Luego de estudiarla un rato, me di cuenta que ella es así: una patana. Porque no me di cuenta antes, no sé. Ahi nomás se me cayó Bea y no tengo ganas de salir con ella un tiempo.
El segundo hecho fue que hay una chica de mi facultad que insiste en taggearme en unos collages que hace con fotos de toda la gente del grupo. Normalmente no me importaba que hiciera estas cosas, pero ya fue el colmo cuando me detuve a leer sus comentarios y chistes idiotas. Realmente es una persona impertinente, pero que puedo hacer, me sigue taggeando en estas imágenes que ella misma pegostea en el photoshop. Imagínense que un dia se le ocurrió recortar nuestras caras y ponerlas en una foto de unas muñecas. ¿Que tienes, tres años? Encima, cada vez que pienso que me va a llegar algo interesante por el facebook y lo abro con emoción es sólo para comprobar que encontró otra foto de, no sé, conejitos blancos o gatitos jugando con una madeja en internet y que se le ocurrió compartirla con todos.
El tercer hecho fue el día que llegué a la oficina y encontré que alguien había movido los parlantes de mi computadora hacia otra. Originalmente mi computadora no tiene parlantes, lo cuál es muy frustrante para poder escuchar algo de música mientras trabajo. Yo no soy de imponer gustos musicales y siempre espero que no haya nadie para poner lo que me gusta o escucharlo en el carro de regreso a mi casa, pero hace un par de días pude sacarle los parlantes a una computadora que los tenía por las puras y me los adueñé. Estuve una semana feliz de la vida, hasta que hace dos días atrás comprobé que alguien -que ya se quien es y me las va a pagar- se tomó la molestia de sacar los parlantes y volver a ponerlos en la computadora original que no los usa. ¿Quién es tan hijo de puta como para darse ese trabajo?
Pues ya encontré al bastardo y me las va a pagar. Se trata de Ricardo, un chico de mi promoción de la facultad que ahora trabaja conmigo. A mi me parece que Ricardo es gay, pero de los solapas, que dice tener novia pero que a su vez tiene amistades turbias con las que hace dios sabrá qué los fines de semana. La vida de Ricardo me llega altamente, pero de cuando en cuando se le da por meterse conmigo y eso ya no lo soporto. Si no es que me hace algún comentario con mi ropa, me insinúa alguna tontería con algún otro chico del trabajo, me hace cosas peores como lanzarle indirectas al jefe de que yo trabajo menos que los demás, o joderme con cosas como indicarme el archivo incorrecto que hay que imprimir. Lo de los parlantes ya fue el colmo.
Tres hechos que coronaron mi semana, al que podemos sumar que susodicho 1 y susodicho 2, mis supuestas opciones de este año, me han abandonado completamente. Uno me ignora, el otro ni me registra.
Dentro de todo este mar de basura lo único que me mantiene a flote, irónicamente, es la tesis. Ayer hice una lista de cosas que voy ha hacer cuando la termine. Esperar algo me sube el ánimo. Me falta poco para acabarla y todo el esfuerzo que me he tomado está tomando forma. Estoy emocionada por eso, quizá lo único verdaderamente real que tengo en mi vida en este momento.